Trump’s domestic and foreign policies — ranging from his attempted coup against the United States five years ago, to his incursion into Venezuela last weekend, to his current threats against Cuba, Colombia, and Greenland — undermine domestic and international law. But that’s not all.
They threaten what we mean by civilization.
The moral purpose of civilized society is to prevent the stronger from attacking and exploiting the weaker. Otherwise, we’d be permanently immersed in a brutish war in which only the fittest and most powerful could survive.
This principle lies at the center of America’s founding documents: the Declaration of Independence, the Constitution, and the Bill of Rights. It’s also the core of the post- World War II international order championed by the United States, including the UN Charter — emphasizing multilateralism, democracy, human rights, and the rule of law.
But it’s a fragile principle, easily violated by those who would exploit their power. Maintaining the principle requires that the powerful have enough integrity to abstain from seeking short-term wins, and that the rest of us hold them accountable if they don’t.
Every time people or corporations or countries that are richer and more powerful attack and exploit those that are not, the fabric of civilization frays. If such aggression is not contained, the fabric unravels. If not stopped, the world can descend into chaos and war. It has happened before.
We now inhabit a society and world grown vastly more unequal. Political and economic power are more concentrated than ever before. This invites the powerful to exploit the weaker because the powerful feel omnipotent.
The wealth of Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Larry Ellison, Charles Koch, and a handful of others is almost beyond comprehension. The influence of Big Tech, Big Oil, and the largest aerospace and defense corporations extends over much of the globe. AI is likely to centralize wealth and power even more. The destructive power of the United States, China, and Russia is unmatched in human history.
Trump — enabled by cowardly congressional Republicans and a pliant majority on the Supreme Court — has turned the U.S. presidency into the most powerful and unaccountable agent of American government in history.
Put it all together and you see the threat.
A direct line connects Trump’s attempted coup five years ago to his capture of Nicolas Maduro last weekend. Both were lawless. Both were premised on the hubris of omnipotence.
That same line extends to Trump’s current threats against Cuba, Colombia, and Greenland.
You see much the same in Putin’s war on Ukraine. In Xi’s threats against Taiwan. In global depredation and monopolization by Big Tech and Big Oil. In Russian, Chinese, and American oligarchs who have fused public power with their personal wealth.
But unfettered might does not make right. It makes for instability, upheaval, and war.
History shows that laws and norms designed to constrain the powerful also protect them. Without such constraints, their insatiable demands for more power and wealth eventually bring them down — along with their corporations, nations, or empires. And threaten world war.
Trump’s blatant lawlessness will haunt America and the world — and civilization — for years to come.
Este es el verdadero peligro que representa Trump
Existe una conexión directa entre el intento de golpe de Estado de Trump hace cinco años y su incursión en Venezuela el fin de semana pasado, así como sus actuales amenazas a Colombia, Cuba y Groenlandia.
Las políticas internas y externas de Trump —que abarcan desde su intento de golpe de Estado contra Estados Unidos hace cinco años, pasando por su incursión en Venezuela el fin de semana pasado, hasta sus actuales amenazas contra Cuba, Colombia y Groenlandia— socavan el derecho nacional e internacional. Pero eso no es todo.
Amenazan lo que entendemos por civilización.
El propósito moral de la sociedad civilizada es impedir que los más fuertes ataquen y exploten a los más débiles. De lo contrario, estaríamos permanentemente inmersos en una guerra brutal en la que solo los más aptos y poderosos podrían sobrevivir.
Este principio se encuentra en el centro de los documentos fundacionales de Estados Unidos: la Declaración de Independencia, la Constitución y la Declaración de Derechos. También es el núcleo del orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial, impulsado por Estados Unidos, incluida la Carta de las Naciones Unidas, que enfatiza el multilateralismo, la democracia, los derechos humanos y el estado de derecho.
Pero es un principio frágil, fácilmente violado por quienes pretenden explotar su poder. Mantener este principio requiere que los poderosos tengan la suficiente integridad para abstenerse de buscar victorias a corto plazo, y que el resto de nosotros les exijamos responsabilidades si no lo hacen.
Cada vez que personas, corporaciones o países más ricos y poderosos atacan y explotan a los que no lo son, el tejido de la civilización se deshilacha. Si tal agresión no se contiene, el tejido se desmorona. Si no se detiene, el mundo puede caer en el caos y la guerra. Ya ha sucedido antes.
Ahora habitamos una sociedad y un mundo mucho más desiguales. El poder político y económico está más concentrado que nunca. Esto invita a los poderosos a explotar a los más débiles porque se sienten omnipotentes.
La riqueza de Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Larry Ellison, Charles Koch y un puñado de otros es casi incomprensible. La influencia de las grandes empresas tecnológicas, petroleras y las mayores corporaciones aeroespaciales y de defensa se extiende por gran parte del mundo. Es probable que la inteligencia artificial centralice aún más la riqueza y el poder. El poder destructivo de Estados Unidos, China y Rusia no tiene parangón en la historia de la humanidad.
Trump, con el apoyo de los cobardes republicanos del Congreso y una mayoría dócil en la Corte Suprema, ha convertido la presidencia de Estados Unidos en el agente más poderoso e irresponsable del gobierno estadounidense en la historia.
Si juntamos todo esto, vemos la amenaza.
Existe una conexión directa entre el intento de golpe de Estado de Trump hace cinco años y la captura de Nicolás Maduro el fin de semana pasado. Ambos actos fueron ilegales. Ambos se basaban en la arrogancia de la omnipotencia.
Esa misma lógica se extiende a las actuales amenazas de Trump contra Cuba, Colombia y Groenlandia.
Se observa algo muy similar en la guerra de Putin contra Ucrania, en las amenazas de Xi contra Taiwán, en la depredación y monopolización global por parte de las grandes empresas tecnológicas y petroleras, y en los oligarcas rusos, chinos y estadounidenses que han fusionado el poder público con su riqueza personal.
Pero el poder sin límites no otorga la razón. Genera inestabilidad, convulsión y guerra.
La historia demuestra que las leyes y normas diseñadas para limitar a los poderosos también los protegen. Sin tales restricciones, sus insaciables ansias de más poder y riqueza acaban por destruirlos, junto con sus corporaciones, naciones o imperios, y amenazan con una guerra mundial.
La flagrante ilegalidad de Trump perseguirá a Estados Unidos, al mundo y a la civilización durante los próximos años.










































