Si has pasado tiempo en México, es probable que hayas sentido una mezcla familiar de fascinación, frustración y cariño por un país magnético y lleno de vida. Para los estadounidenses que conocen a México principalmente a través de los titulares, sin embargo, el país puede parecer casi irreconocible: una nación retratada como inestable y como la principal responsable de una larga lista de problemas de Estados Unidos.
Esa imagen refleja de cerca la retórica del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. En discursos, publicaciones en redes sociales y entrevistas televisadas, México suele presentarse como un país que deliberadamente inunda a Estados Unidos de drogas y que no controla la migración. En una entrevista con Fox News el sábado 3 de enero, tras acontecimientos recientes en Venezuela, Trump incluso insinuó la posibilidad de un conflicto mucho más cercano.
“Su vicepresidente, JD Vance, dijo que el mensaje es bastante claro: que el tráfico de drogas debe parar. Entonces, ¿esta operación fue un mensaje que usted está enviando a México, a Claudia Sheinbaum, la presidenta de ese país?”, preguntó Griff Jenkins, de Fox.
“Bueno, no estaba pensado así, somos muy amistosos con ella, es una buena mujer”, comenzó Trump. “Pero los cárteles están manejando México. Ella no está manejando México. Podríamos ser políticamente correctos y ser amables y decir: ‘Ah, sí, ella sí’. No, no. Ella está muy, ya sabes, está muy asustada de los cárteles. Ellos están manejando México. Y le he preguntado muchas veces: ‘¿Te gustaría que nosotros elimináramos a los cárteles?’ Algo va a tener que hacerse con México”.
El lenguaje de Trump presenta a México menos como un vecino o socio y más como una amenaza latente. Para quienes nunca han viajado al sur de la frontera, esta visión unidimensional puede convertirse fácilmente en el lente dominante a través del cual se percibe al país.
La realidad, sin embargo, es mucho más compleja.
Culpas mal atribuidas
Una de las afirmaciones más frecuentes de Trump es que México está inundando deliberadamente a Estados Unidos con fentanilo, provocando cientos de miles de muertes. Si bien los CDC confirman que la crisis de opioides ha causado más de 100,000 muertes por sobredosis al año en Estados Unidos, atribuir esta tragedia únicamente a México simplifica en exceso un problema profundamente complejo.
El fentanilo sí cruza a Estados Unidos desde México, pero lo hace a través de redes criminales, no como resultado de una política gubernamental o una estrategia nacional. Las drogas suelen introducirse por puertos de entrada legales, con frecuencia por ciudadanos estadounidenses, utilizando métodos cada vez más sofisticados. Las autoridades mexicanas trabajan activamente para desmantelar estas redes, muchas veces con grandes riesgos y costos.
El enfoque de Trump no solo es engañoso; también desvía la responsabilidad de la demanda en Estados Unidos, de las redes internas de tráfico y de las dimensiones de salud pública de la adicción. El tráfico de drogas es un desafío compartido, y una retórica que ignora esta realidad tensa la cooperación a ambos lados de la frontera.
La realidad de la aplicación de la ley
Trump ha sostenido que México hace poco para controlar la migración y que la disminución de cruces fronterizos es únicamente resultado de sus políticas. Esa narrativa omite hechos clave.
México aplica sus leyes migratorias con rigor, a menudo bajo una presión extraordinaria. Datos del Migration Policy Institute documentan retenes, centros de detención, deportaciones y patrullajes a lo largo de la frontera norte de México, muchos de ellos operando con recursos limitados y bajo constante escrutinio.
Reducir esta realidad a consignas sobre muros y aranceles pasa por alto la complejidad sobre el terreno. México no está permitiendo pasivamente la migración; está gestionando en tiempo real una crisis humanitaria regional, absorbiendo presiones que nunca llegan a los titulares en Estados Unidos. Este esfuerzo, aunque imperfecto, refleja el trabajo de innumerables funcionarios y ciudadanos que navegan circunstancias difíciles.
Exagerar la amenaza
Trump suele describir a México como un Estado controlado por cárteles, donde el peligro es omnipresente. Aunque la violencia existe, es desigual y altamente localizada. Datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México muestran que amplias zonas del país, incluidas Mérida, Querétaro, Oaxaca y la mayoría de los barrios de la Ciudad de México, siguen siendo notablemente seguras.
En estos lugares, la vida cotidiana se parece mucho a la de cualquier otro sitio. La gente camina por los parques, compra en los mercados y se sienta en cafés sin el miedo constante que sugiere la narrativa de Trump.
Una narrativa distorsionada
Trump ha afirmado repetidamente que México no coopera lo suficiente con Estados Unidos en materia de extradiciones. Esta afirmación es demostrablemente falsa y contradicha por datos del Departamento de Justicia de Estados Unidos, que resaltan la larga historia de México extraditando criminales a Estados Unidos, a menudo bajo una fuerte presión política y con riesgos reales para los funcionarios involucrados.
La cooperación entre ambos países va mucho más allá de la aplicación de la ley. Las extradiciones implican consideraciones legales y diplomáticas complejas, y tergiversar esta historia debilita la confianza y alimenta sospechas innecesarias.
Una simplificación excesiva
A lo largo de 2025, Trump sostuvo que los muros y los aranceles podrían resolver por sí solos los problemas fronterizos. En realidad, la migración y el comercio están moldeados por fuerzas profundas como la desigualdad, la violencia, la demanda de mano de obra y las cadenas de suministro globales. Tratar estos desafíos como problemas con soluciones simples y mecánicas oculta su verdadera naturaleza.
Los déficits comerciales, que Trump cita con frecuencia como prueba de que México se aprovecha de Estados Unidos, también son complejos. Reflejan el comportamiento de los consumidores y las dinámicas del mercado, no actos indebidos. Además, los aranceles los pagan los importadores estadounidenses, costos que finalmente recaen en las empresas y los consumidores de Estados Unidos, no en México.
Cifras infladas
Trump habitualmente infla cifras relacionadas con cruces ilegales, muertes por drogas y actividad de los cárteles. Estas exageraciones alimentan la ansiedad y la desconfianza entre quienes observan desde lejos. Para quienes vivimos en México, suelen provocar más frustración e incredulidad.
En el día a día, México es vibrante, funcional y resiliente. La lección no es descartar los datos, sino abordar las afirmaciones dramáticas con escepticismo y equilibrar las estadísticas con la experiencia vivida.
Quienes residen aquí suelen moverse entre dos narrativas opuestas: el México que conocemos y el México retratado en el teatro político. Esa distinción moldea cómo vivimos, dónde nos establecemos y cómo explicamos nuestras vidas a amigos y familiares en casa. Nos recuerda que México no es un monolito definido por el peligro, sino un país de matices, contradicciones y resistencia.
Más allá de las narrativas impulsadas por el miedo
La narrativa de Trump sobre México refleja un patrón más amplio de exageración y desplazamiento de culpas. Para quienes se mudan a México o ya viven aquí, el mensaje es sencillo: el país es más rico, más vibrante y más complejo de lo que sugieren cualquier titular o discurso de Trump. La burocracia puede ser frustrante, el crimen existe y la gobernanza puede resultar desconcertante a veces, pero la vida cotidiana sigue. Las familias se reúnen, los negocios crecen, los mercados bullen y las comunidades se apoyan entre sí.
La retórica tiene consecuencias. Las palabras pronunciadas desde un escenario político moldean percepciones, influyen en políticas y tiñen las interacciones cotidianas. Frases como “Something is gonna have to happen to Mexico” cargan un peso que va mucho más allá del momento en que se dicen.
Charlotte Smith es escritora y periodista radicada en México. Su trabajo se enfoca en viajes, política y comunidad.










































