Trump claimed this past week that his job approval ratings are “fabulous” — they’re “above 60%.”
He also asserted that the United States is enjoying “the greatest economy we’ve ever had.”
And that the U.S. has “total control” over the Strait of Hormuz. “I THINK WE WILL KEEP IT,” he wrote on his Truth Social platform.
Trump’s braggadocio doesn’t just mask his failures. His statements wildly contradict the calamities he’s created for America and the world.
To be sure, since he first entered American politics, we’ve been shocked and outraged by his lack of morality, scruple, or shame. It’s been difficult to conceive of such a person because we’ve always been taught to distinguish right from wrong and to do the right thing. Yet Trump has no conception of right and wrong. He isn’t unethical. He’s non-ethical. He isn’t immoral. He’s amoral.
But his latest fabrications are so contrary to the realities of his monumental failures — his losing war with Iran, the near-collapsing U.S. economy, and his underwater approval ratings — that they’re not merely non-ethical or amoral. How can they be explained?
One possibility is his conman brain still firmly believes the public will go along with whatever he says and thinks he can manufacture success even when he’s going down the toilet.
But this can’t explain the extreme dissonance; he reads the same polls everyone else reads, and he knows the public isn’t buying.
Another possibility is that the sycophants surrounding him are telling him he’s wildly successful and don’t want to inform him of the depths of his failures for fear of his reaction.
Yet he constantly watches television, and even the networks he favors — such as Fox News — have lately been broadcasting his cataclysmic failures.
So what’s really going on? How can his assessments be so utterly unhinged from the enormity of his defeats?
The only possible explanation is that he’s finally lost his grasp on reality. He’s dangerously delusional. Trump is losing his mind.
It’s hard for most of us to take in the full import of this. Even those of us who detest him find it difficult to accept the seriousness of his dementia because we think of him as loathsome rather than oblivious.
We’ve spent so many years seething that no one has held him accountable for all the awful things he’s done that we’re disoriented by the possibility he’s now unaware. We don’t want to let him off the moral hook by reason of insanity. Yet what moral compass do we use to judge a president who is wildly and dangerously delusional?
This has become the wrong question. The problem is no longer Trump’s lack of ethics or his amorality. The current challenge is how to survive under a madman.
If he is no longer responsible for what he says or does, we should move beyond shock and outrage to outright fear. He could blow the world up. We must call on our elected representatives to remove him from office via the 25th Amendment as soon as possible, by reason of insanity.
What do you think?
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Más allá del impacto y la indignación: Sobrevivir a un loco
La semana pasada, Trump afirmó que sus índices de aprobación son “fabulosos”: están “por encima del 60%”.
También aseguró que Estados Unidos goza de “la mejor economía que jamás hayamos tenido”.
Y que EE. UU. tiene “control total” sobre el estrecho de Ormuz. “CREO QUE LO CONSERVAREMOS”, escribió en su plataforma Truth Social.
La fanfarronería de Trump no solo oculta sus fracasos; sus declaraciones contradicen flagrantemente las calamidades que ha provocado para Estados Unidos y el mundo.
Ciertamente, desde que incursionó en la política estadounidense, nos han conmocionado e indignado su falta de moral, escrúpulos o vergüenza. Resulta difícil concebir a una persona así, ya que siempre se nos ha enseñado a distinguir el bien del mal y a actuar correctamente. Sin embargo, Trump carece de noción alguna sobre el bien y el mal. No es que sea poco ético; es ajeno a la ética. No es inmoral; es amoral.
Pero sus últimas invenciones chocan tanto con la realidad de sus fracasos monumentales —su guerra perdida contra Irán, la economía estadounidense al borde del colapso y sus índices de aprobación por los suelos— que ya no se trata simplemente de una falta de ética o de moralidad. ¿Cómo pueden explicarse?
Una posibilidad es que su mentalidad de estafador le haga creer firmemente que el público aceptará cualquier cosa que diga, y que piensa que puede fabricar el éxito incluso cuando se está hundiendo en el desastre.
Pero esto no explica la enorme disonancia; él consulta las mismas encuestas que todos los demás y sabe que el público no se está creyendo sus historias.
Otra posibilidad es que los aduladores que lo rodean le digan que goza de un éxito rotundo y eviten informarle sobre la magnitud de sus fracasos por temor a su reacción.
No obstante, él ve televisión constantemente, e incluso las cadenas que prefiere —como Fox News— han estado difundiendo noticias sobre sus fracasos catastróficos últimamente.
Entonces, ¿qué está pasando realmente? ¿Cómo es posible que sus valoraciones estén tan absolutamente desconectadas de la magnitud de sus derrotas?
La única explicación posible es que, finalmente, ha perdido el contacto con la realidad. Vive en un delirio peligroso. Trump está perdiendo la cabeza. A la mayoría de nosotros nos cuesta asimilar el verdadero alcance de esta situación. Incluso quienes lo detestamos tenemos dificultades para aceptar la gravedad de su demencia, ya que lo percibimos más como un ser despreciable que como alguien ajeno a la realidad.
Hemos pasado tantos años indignados porque nadie le ha hecho rendir cuentas por todas las atrocidades que ha cometido, que nos descoloca la posibilidad de que ahora él mismo no sea consciente de sus actos. No queremos eximirlo de responsabilidad moral alegando demencia. Sin embargo, ¿qué brújula moral utilizamos para juzgar a un presidente que vive sumido en delirios extremos y peligrosos?
Plantearlo así es un error. El problema ya no radica en la falta de ética o en la amoralidad de Trump; el desafío actual consiste en cómo sobrevivir bajo el mandato de un loco.
Si ya no es responsable de lo que dice o hace, debemos superar el impacto y la indignación para pasar al miedo absoluto. Podría hacer saltar el mundo por los aires. Debemos exigir a nuestros representantes electos que lo aparten del cargo lo antes posible invocando la Enmienda 25, debido a su incapacidad mental.
¿Qué opinan ustedes?
















































